Un día entre équidos

Corría el año 2013 su mes de Marzo cuando decidí acompañar a mi padre a Los Arejos, donde un noble amigo suyo se dedicaba al noble arte del noble caballo. JL es un gran conocedor de estos animales a los que respeta sobre todas las cosas. Cree firmemente que somos nosotros quienes le hacemos errar y son ellos quienes muchas veces aciertan por su propia inteligencia. Es común escucharle el chascarrillo “el caballo ya está domao, ahora a quien hay que domar es al jinete”. Y la verdad es que podría decirse esto en todas las artes del mundo. Decidí quedarme a practicar con la cámara -siempre hace falta aprender-, emocionado sintiendo que todo cuanto veía pertenecía al acerbo común que hombre y caballo llevan cuidando desde la noche del Paleolítico; algo que a lo amantes del caballo solemos pasar por alto. Se trata de una colección de calidad humilde al juzgar por la resolución pero cumple su objetivo; introducirnos en la atmósfera de una nublada tarde rodeado de caballos…

En el momento en que el hombre comienza su relación con el caballo tuvimos que desarrollar sus ciencias; entre ellas la del herraje. El animal salvaje no la necesita porque instintivamente escoge los terrenos más propicios y naturalmente su pie va adecuándose a los terrenos mediante la descamación del casco. Sustituir el cuidado natural por el nuestro supone una enorme responsabilidad para el herrador; conocer la anatomía del pie a la perfección, la fisonomía de cada raza, el uso y comportamiento del mismo al pasear, trotar y cabalgar así como dominar la ortopedia caballar en el caso de que el animal lo necesite. Todo ello descontando la pericia en el manejo de materiales y herramientas.

Me gustó ver cómo limpiaba el casco. Similar a cuando acicalamos nuestras uñas, queda impoluto y vistoso. Ni que decir tiene que el maestro sujeta el pie del animal con una seguridad inédita y podría decir que es capaz de ver a través del casco; tal es el control al martillear los clavos. Siempre me pregunté sobre este proceso por el peligro que supone para el caballo. Entendí gracias a mi padre que los clavos han de perforar hacia el exterior del casco y la punta remacharse lo antes posible (no sería la primera vez que alguien se abre la mano por éstos).

Suelen cambiarse cada seis semanas y comprobarse a menudo por lo definitivas que las herraduras  suelen resultar para los aplomos y equilibrio del caballo. Su trabajo no deja de estar vinculado  “a la higiene, la estética y la salud del animal”* algo que fuimos conociendo desde las primeras herraduras galas del siglo VI y que en el futuro que me gusta imaginar, serán de enorme utilidad cuando volvamos a transportarnos  en caballos…

Les miro entrenar como miro el mar; como si a cada vuelta a la pista me sumergiese unos centímetros más en ese estado letárgico al que las cosas sencillas de la naturaleza nos impulsan. Es un animal de costumbre y disciplina y en general agradece el orden en sus entrenamientos, sus comidas y su higiene. Uno piensa si quizá es él quien tiene razón  y nosotros debiéramos ordenar mejor nuestras vidas. Ya que toda esa disciplina no les exime de una agudísima inteligencia emocional para interpretar quién se le sube encima y si se sabe lo que se hace. Si intuye que no, con toda certeza hará con el jinete lo que le plazca. Es una relación fascinante la que se crea entre nosotros. El que lo vivió, lo sabe.

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