Esperando en Ostia

Beirut se levanta en las calles de nuevo tras el paréntesis por el covid19. Espoleados por la horrible y evitable explosión producto de un gobierno incapaz que plantea ahora dimitir. Ante nuevas protestas sociales una parte de mí se emociona mientras la otra cae en la melancolía por un futuro que no acaba de llegar.

Cotidianidad en un bistró de París, 2014

Nos encanta la épica del combate. Nos emocionamos viendo las masas enfurecidas tomando las calles –al menos las ajenas- por defender sus derechos contra los Estados tiránicos. “Una nueva era” –decíamos hace unos años-, “Mirad El Cairo. Mirad Londres, París, Nueva York, Túnez, Adís Abeba, Bagdad, Damasco, Madrid, Beirut”. Nos pegamos a la pantalla del móvil fascinados. Deseando que el general, luego esclavo, luego gladiador, aniquile al emperador en el Gran Coliseo. Durante unas semanas, soñamos con la hermosa historia de “los últimos de la cola” aunque sabemos cómo será el despertar.  Pero estoy cansado de ilusionarme. Porque un hombre cambia tanto las cosas como una muchedumbre sin programa. “Programa, programa, programa”, decía mi general y maestro.

Las masas, ese injustamente demonizado ente -pero, ciertamente confuso sobre cómo conseguir lo que quiere- se mueve por la emoción mesiánica de conquistar los cielos. A los proletarios lo que nos importa es vivir bien y en el actual sistema eso se desbloquea con dinero. Y para ello, el capital sólo necesita abrir el grifo. Y entonces, las voces callan y en la plaza sólo quedan doce criticados apóstoles con el puño en alto. Gritan porque reemplazar al presidente no sirve de nada si no se rompe con la ideología, el egoísmo, el enemigo interno. Y también gritan “porque no es bastante el llanto ni la bronca….y porque venceremos la derrota”, que diría Alberti. O ese nos gustaría. Porque este sólido que se manifiesta en las calles se derrite fácilmente cuando los poderes fácticos caldean la olla; nos dividen, nos hacen dudar mientras nos prometen que llegará esa arcadia que deseamos.

Y lo consiguen precisamente porque soñábamos en lugar de combatir conscientemente. Pero soñar no es suficiente. No podemos medrar en la vida hasta darnos cuenta de que la libertad y la igualdad han de conseguirse con la fraternidad global. Sin ella, la más olvidada de la tríada revolucionaria -por desgracia-, seguiremos haciendo girar la rueda. Sí, ésa que soñábamos que la Khalessi destruiría. Podremos comprar baratas cosas que son caras gracias a la explotación ajena y a pesar de nuestos míseros salarios estaremos contentos otra vez. Aprovechándonos de los más miserables que nosotros hasta que llegue la siguiente crisis, cuando pasarán a ser sus culpables aunque quienes cosan nuestras deportivas sean míseros menores de edad. Nos compran porque nos vendemos. O viceversa, da igual.

Hay que vivir todos juntos, experimentarnos. Hay que hablar con los diferentes, debatir mucho, convencer y dejarse convencer. Dolernos por nuestras desigualdades y entonces, estudiarlas, comprenderlas, asociarse para transformarlas. Y debemos reflexionar y producir nuestras ideas antes que comprarlas ya pergeñadas. Tenemos que desengañados, abrir la mente, saber lo que queremos y defender los principios y valores que nos permiten a todos, ser cada uno.

Porque si los civiles no nos ilustramos pasará lo que siempre pasó: cederemos ante los pseudo intelectuales y sus ideales ficticios y reaccionarios. Y lo que se sintió como un punto de inflexión se convertirá en punto y seguido.

Madurar significa para mí vivir en el mundo con los ojos y el corazón abiertos y no cerrados. No querer mi bien sino el de todos: mi familia, mis vecinos, mi país y todos los países del mundo. Entender que para salvar a nuestra familia debemos salvar al vecino porque lo contrario nunca ha funcionado. ¿Sustituir un presidente y su ejecutivo es una solución a largo plazo si no sabemos qué sociedad queremos?

 No podemos gritar “libertad” esperando que venga un mesías a solucionar nuestros problemas terrenales. Ese gladiador debe estar en cada uno de nosotros. Debemos tener la valentía de saber defendernos ideológicamente por nosotros mismos. Aprender de todos, y confiar tanto en mi brazo como en el de mi hermano.

De no hacerlo seguiremos soñando; seremos esos cincuenta mil romanos mirando “cada movimiento de tu espada, ansiando que des el golpe mortal”. Y ellos, los organizadores del espectáculo -y nuestras vidas-, esperarán de nosotros ese “clamor posterior que crece, crece…como una tormenta” que nos hace felices momentáneamente. Entonces, el humilde romano volverá a su huerto en silencio, mientras el ejército que debía liberar a Roma continúa en Ostia, esperando.

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