Conversaciones

Se me hace difícil hablar de estos temas, sinceramente. Porque no conversamos en igualdad de condiciones. Él esgrime sus argumentos con el único propósito de vencer. Yo intervengo arrastrando la responsabilidad que me supone tanto mi formación como mi ética. Incapaz de eludir ni el contenido ni la forma.

En cuanto al contenido bien podría definirse como lo que he leído y experimentado. Reconozco en mucho la influencia de la imparable máquina del colonialismo que, incluso ya enterrado en apariencia, apesta aún desde la tumba. Un olor nauseabundo que parece acechar en las horas bajas del capitalismo  a sus víctimas, esperando los momentos de crisis para embadurnar nuestros dormitados prejuicios y reactivarlos de nuevo. ¿De dónde salieron? Muchos de nosotros, antes que confesar honorablemente nuestra ignorancia, nos dejamos domeñar por ella: acorralados por la vergüenza, embestimos contra el oponente; defendemos con orgullo que los prejuicios son producto natural: que los gitanos son vagos, los árabes arrogantes y los ecuatorianos borrachos. Bien podría ser cierto, pero me espanta la ausencia de duda alguna al acusar continuamente al extranjero –al diferente- de las peores características del hombre aunque resulten contradictorias: pusilánimes, pero arrogantes; analfabetos pero doctos en leyes de inmigración; miserables pero ricos que viven mejor que nosotros; aprovechados pero interesados egoístas.  Todos los inmigrantes que no viajan en primera clase son tachados continuamente de esto. No es nada nuevo y por supuesto, no pretendo que todos estudiemos un máster en antropología. Pero sí al menos que se preguntaran: ¿No resulta demasiada casualidad que continuamente a  lo largo de una caótica historia, siempre haya sido el blanco cristiano el héroe-víctima de la Humanidad? ¿No merece esto al menos una sombra de sospecha?

La otra cuestión es la forma. No puedo escindir el tema del que hablamos de su correcto enfoque. En la mayoría de ocasiones en las que hablamos de política, cuanto escucho define más poderosamente al emisor que al tema en cuestión.  Esto suele ser porque se habla para desquitarse de una situación adversa, para relajarse después de un día de trabajo o para entender algo complejo desfigurándolo a una forma más sencilla. En otras ocasiones es aún peor: se repite de forma incansable las doctrinas de tal o cual cadena de televisión, normalmente inmisericordes. En España al menos, en los pueblos, la contestación a los argumentos conservadores y casi retrógrados no se da, pese a lo que aparente la televisión: parroquianos, camareros –y por desgracia, camareras- asienten con displicencia. Unos porque no les va el tema y otros porque no quieren pelear. De poco importa, ya que el incauto no pretende entablar un diálogo sino un monólogo.

No me siento con fuerzas de intervenir en estas conversaciones porque esta persona, el incauto, no valora la veracidad si ésta negara su hipótesis. Dispara argumentos recabados de internet y televisión en la era en que más libertinaje informativo existe. Y mientras yo dedico parte de mis energías en recordar dónde y de quién leí cierta información, el incauto no se respeta lo suficiente como para cerciorarse de los hechos que aduce. Por tanto, es imposible luchar mediante razonamientos contra una pródiga imaginación deseosa de vencer a toda costa.

Yo no puedo colaborar en estas conversaciones. Como mencioné antes, yo me responsabilizo de mis palabras. Quienes así lo sufrimos, además, las respetamos y tememos. Deben ser precisas y afiladas como un buen bisturí. Porque un antropólogo se sirve y se esclaviza de ellas. Entiende que detrás de cada discurso político, expresado con más o menos gracia, no sólo determina la victoria de su pugna, sino la implantación de axiomas morales en nosotros mismos. Entiende que así ocurre con los rumores, los ensayos y las conversaciones de bar y que el modo de relacionarnos entre nosotros es importante. Porque detrás de las fichas de árboles genealógicos, definiciones conceptuales de cultura, arengas políticas o incluso su propia ideología no sólo está la beca de un hijo, la hipoteca de unos padres o el ordenador de una sobrina. Hay vidas humanas: padres que buscan trabajar, hijos maltratados, niñas torturadas o jóvenes apóstatas, por mencionar lo primero que viene a mi cabeza. Cuando hablo de árabes no evoco un conjunto vacío. Si escucho “marroquíes”, “egipcios”, “argelinos” o “sirios” tengo en mi mente y en mi corazón nombres de personas, muchas de las cuales tienen tal dignidad en su valentía, madurez y tolerancia que si contaran su vida a estos incautos odiadores, éstos palidecerían. Amo y respeto al hombre, con toda su debilidad, su grandeza y sus errores sin distinción alguna más que su virtud y sus actos. Y eso me impide desahogarme ciscándome a diestro y siniestro en los demás.

No puedo intervenir porque las acusaciones resultan demasiado baratas. El incauto repite todo cuanto ha oído, visto o leído aderezado –en el mejor de los casos- con alguna experiencia personal otorgándole toda la credibilidad que él mismo desee: especialmente si ello confirma lo que ya opinaba. Sin embargo ignora cuánto ha influido su educación; las películas que ha visto, las novelas que leyó, las historias que le contaron, los traumas que sufrió y cómo pudieron cambiarle. Ignora además gran parte de la historia no occidentalizada: qué pasó en realidad y especialmente, el por qué. Ignora porqué hay extremistas violentos, quién les dirigió o qué mal los originó. Pero también ignora, como ignoramos todos, con quién hablan nuestros políticos, a qué tratos llegan cada vez que viajan a Oriente y a qué precio, así como en qué invierten nuestros bancos, cómo funciona el Ministerio de Interior de España o qué está haciendo -y dónde- nuestra Armada actualmente. Más aún: ignoramos quién redacta las noticias de esta cadena, a cuánto asciende la hipoteca de éste periódico o qué sospechosos amigos tiene este periodista. Ignoramos si este artículo es veraz, o incierto que ese Imán dijo aquello. Ignoramos además dónde contrastar la información que leemos, o si podemos denunciar una información conscientemente falsa; ignoramos por qué veo esta serie, leo este artículo o escucho racistas en youtube de madrugada. Ignoramos por qué nunca nos hablaron del antisemitismo en Norteamérica, el funcionamiento del sistema bancario o las pruebas de que, en Al-Ándalus, la mayoría de personas no eran árabes. Ignoramos porqué este programa de televisión consigue hacerme reír, qué quería decir la presentadora o por qué quieren enfadarme con esta noticia. Ignoramos incluso, y especialmente, quiénes somos, cómo querríamos vivir y porqué estamos aquí.

No puedo colaborar, en definitiva, porque no sé nada, como dijo un mentiroso. Algunas veces, la formación universitaria nos ayuda a ver nuestros residuos ideológicos y a saber lidiar con ellos en pos de un servicio mayor que nosotros. Porque conociendo las mentiras, sabremos combatirlas hasta que sólo quede  la verdad. Una diminuta y frágil verdad que resulta de una larga destilación, que como ocurre con los perfumes, es valiosísima.